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por Coburn, de
ENLACES DE
SEGURIDAD
El otro día ví un documental en la televisión que
me llamó la atención: una historia que me sedujo, me acordé de
Nautopía. He escrito una breve nota sobre ello, como hago a menudo y
luego guardo por ahí, encontrándolas al cabo del tiempo.
En las costas de Carolina del Norte existe un cabo llamado Cabo
Hatteras que era conocido como "El cementerio del Atlántico"
por los frecuentes naufragios de la zona, hasta que construyeron el faro, en
1869. Fue un gran logro para la época, además de la seguridad
que aportó a los navegantes, por la construcción en sí, con
63 metros de altura. Aún, hoy en día,
es el faro de ladrillos más grande del mundo.
Cuando lo construyeron, le separaban del mar unos 500 metros. Poco a poco,
el mar inexorablemente fue ganando terreno, comiéndose
vorazmente la playa de arena, acercándose cada vez más a los
cimientos del faro que empezaban a ceder milímetros. Los nativos de
Cabo Hatteras no querían ver desaparecer su faro pues, aunque hoy en
día las embarcaciones tienen unos sistemas de navegación que los
hacen innecesarios, era su faro y había dado un gran servicio
durante mucho tiempo. Más aún, era una parte del parque
nacional y era un faro hermoso, con unas grandes bandas espirales blancas y
negras. Parecía abandonado a su suerte, en solitario, tan cerca de la
costa. Construyeron escolleras, brazos de bloques de hormigón que se
adentraban en la mar, con la esperanza de frenar su avance. Fue inútil, el
mar continuó avanzando y llegaba a estar en ocasiones a 35 metros del
faro. Lo más seguro era derribarlo, pues podría suponer un peligro si
el mar atacaba la firmeza de los cimientos. Decidieron no
abandonarlo, trasladando el faro a un emplazamiento seguro, lo
que implicaba desplazar una masa de 4.800 toneladas
unos 800 metros, con la añadida e inmensa dificultad de
equilibrar una estructura tan alargada. El coste, desde luego, sería
más gravoso que el de un un faro nuevo. Y el riesgo de perderlo en el
traslado muy alto.
Primero tuvieron que alzarlo, separándolo de los cimientos con un
sistema hidráulico de cien prensas, hasta elevarlo 180 cm. pero ...
despacio, muy lentamente, controlando la estabilidad, y, después de
afianzarlo mediante resistentes vigas, introdujeron unos raíles bajo la
base. El primer obstáculo estaba superado. Emprendieron el camino.
Avanzaban unos 30 metros diarios, controlando topográficamente la
verticalidad de la torre para que no variase lo más mínimo, pues una
inclinación de apenas unos grados la haría volcar. También
dispusieron controles en las grietas de la torre, vigilando cualquier
variación en las mismas que señalara sobreesfuerzos en la estructura.
Aunque pasaron momentos muy críticos, consiguieron recorrer
los 800 metros hasta el nuevo emplazamiento, a 500 metros de la playa de arena.
Ahora sólo quedaba depositarlo allí... Para ello construyeron unos
cimientos especiales, que pudieran aguantar el peso total en el punto de
apoyo inicial y, a medida de que fueran empujando al faro sobre su superficie,
no registrara ninguna inclinación, por no estar repartida la carga.
Lo consiguieron. El
faro sigue alumbrando a los barcos de la zona. Estoy seguro de que
muchos navegantes, pese al GPS, aprecian esa luz y que en
ocasiones la contemplan durante unos minutos, quizás con la mente en otra
parte, pero reconfortados con su presencia, como hacía yo cuando
era niño y miraba "mi faro" durante largos ratos en las noches de
la costa mediterránea. Lo que me recuerda que, hace mucho, mucho tiempo,
que no veo brillar esa luz.
Me acordé de Nautopía, el faro... el peligro a desaparecer,
el aprecio de la gente hacia algo que les ha prestado un servicio desinteresado
... y las dificultades ... , esto demuestra que pueden ser
vencidas, a veces de maneras poco previsibles.
Gracias a
Coburn, en nombre de todos los navegantes hispanos que visitan
Nautopía y se sienten miembros de una comunidad de ayuda mutua y
desinteresada, la nautópata.
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